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Identidad

Hablamos el mismo idioma, pero no siempre bailamos al mismo compás

La euforia de los therian crece sin contratiempo. Cada día la llamada “diversidad” —impuesta o asumida, según quien la mire— gana terreno en sociedades donde, para algunos, las libertades ya rozan el libertinaje.

Mientras muchos van por la vida “respetando” que el hijo del vecino se identifique como perro, o que algún joven en Chile o Argentina diga tener alma de gato, ardilla o jirafa, el asunto no pasa de ser tema de conversación en un café. Porque mientras “no me toque a mí”, apenas opino. Y así, entre la indiferencia cómoda y la tolerancia automática, avanzan las pancartas y las exigencias de reconocimiento.

Confieso que me dio curiosidad y busqué información. Y ya sabemos lo que pasa cuando una busca algo: el algoritmo escucha.

Abrí Instagram y me apareció un video en vivo de Wilfrido Vargas interpretando El baile del perrito. La persona del reel decía, en tono humorístico, que aquello era “lo más therian” que había hecho en su vida, mientras el maestro ladraba con su teatralidad característica.

Y no pude evitar reír.

En mi casa ni siquiera nos dejaban bailar esa canción. Teníamos doce años y la inocencia suficiente como para no entender el doble sentido. Pero hoy pienso que no solo era un gran merengue. También era una manera muy nuestra de hacer “protesta”: unos con música, otros bailando. Antes de que las letras se volvieran más explícitas y los movimientos más gráficos, ya el maestro jugaba con el humor, con la exageración, con la picardía. Era irreverente, sí. Pero también era orquesta, ritmo y complicidad colectiva.

Ahora veo algo que a mi corta edad jamás habría distinguido: el maestro parecía intentar salvar la música. Rescatarnos, quizá, de lo que vendría después. En fin…

Lo curioso es que la idea de este post no nació del debate social.

Nació limpiando la casa.

Porque hay una verdad universal entre latinos: entre más alto el volumen del merengue, más limpia queda la casa.

Ahí estaba yo, trapeador en mano, cantando a todo pulmón El jardinero y haciendo las distintas voces al mejor estilo de Queen, porque para mí ese tema es la versión latina de Bohemian Rhapsody. Dramático, cambiante, exagerado… una mini ópera tropical. Y mientras hacía mi espectáculo doméstico, volví a reír.

El fin de semana anterior, en una ruta de senderismo con mi novio, le había contado lo del reel. Entre montañas y conversación ligera, reflexionábamos sobre los jóvenes de ahora, las identidades y cómo cambia el mundo mientras intentamos entenderlo.

Como broma le dije:

—Cariño, capaz ni conoces esa canción. No creo que Wilfrido Vargas haya sonado aquí en esa época.

Me miró sorprendido.

—Claro que sí. Fue canción del verano. Y todavía suena en las orquestas de veraneo.

Y ahí me detuve.

No era la canción lo que me sorprendía. Era el concepto.

“Canción del verano”.

Para mí, eso siempre ha sido ajeno. En el Caribe no esperamos estaciones para bailar. No contamos los meses para que llegue el calor. No organizamos la alegría por temporadas. El ritmo no depende del calendario.

Y, sin embargo, aquí en Spain todo parece tener su momento: la canción del verano, las comidas de temporada, los horarios casi sagrados para almorzar o cenar. Cosas pequeñas, sí. Pero reveladoras.

No se trata de que uno esté bien y el otro mal. Se trata de entender que incluso dentro del mundo hispano existen universos distintos. Que hablamos el mismo idioma, pero no siempre bailamos al mismo compás.

Tal vez ahí esté la verdadera reflexión: mientras el mundo discute nuevas identidades, yo sigo intentando reconciliar las mías. La caribeña que baila sin estación. La migrante que aprende a cenar a las diez. La mujer que observa los cambios sociales con inquietud, pero también con memoria.

Porque al final, más que perdernos como sociedad, quizá lo que estamos es transformándonos. Y cada transformación —como cada canción— suena diferente según el lugar desde donde se escuche.

Después de limpiar completamente la casa, entendí la verdadera filosofía: las diferencias culturales no siempre son grandes choques ideológicos. A veces son detalles diminutos. La hora de la cena. El concepto de “canción del verano”. La manera en que una sociedad organiza el tiempo… y el ritmo.

Me he adaptado. Vivo aquí por decisión propia. Este es mi aquí y mi ahora. Y aunque haya cosas que me resulten extrañas toda la vida, no intentaré cambiarlas. Seguiré entendiendo que hablamos el mismo idioma… pero no siempre bailamos al mismo compás.

Mientras tanto, yo seguiré limpiando la casa con merengue a todo volumen.

No solo por higiene.
Sino por identidad

Rocio

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Sin Pedestal

La felicidad de vivir sin máscara y libremente ser yo.

Aprendí —no de golpe, sino a fuerza de tiempo— que la vida mejora cuando dejamos de vivir para cumplir expectativas ajenas. Cuando soltamos la versión que otros imaginaron de nosotros y, por fin, empezamos a habitar la propia.

No es fácil. Porque el mundo se hace una idea de ti y la defiende como si fuera verdad. Te encasilla, te moldea, te nombra antes de que hables. Y a veces, por amor, por miedo o por cansancio, uno termina cediendo. Se vuelve el personaje que esperan, el que conviene, el que no incomoda.

Pero no hay nada más liberador que vivir sin ataduras. Sin temor a caer del pedestal… o mejor aún: sin permitir que te suban a uno.

Lo digo con propiedad: vale más que te pierdan por ser quien realmente eres, que quedarte esperando a que te elijan por una versión tuya que no existe. Esa versión que exige actuar todos los días, sonreír por compromiso y medir cada palabra para no decepcionar.

A veces, cuando eliges tu verdad, las cosas tardan más en llegar. Los objetivos, el empleo, el amor. Pero hay una paz que nadie te puede quitar: la de saber que lo poco o mucho que has conseguido ha sido sin mentir, sin manipular, sin vender tu alma.

Con el tiempo también entendí que las personas no valen lo que duelen. Que no se llora eternamente por lo que no fue, ni se mendiga lo que no puede ser. Que el verdadero desafío es mirar lo que sí tienes, cuidarlo, mejorarlo. Y abrazar a quienes sí están.

Quiérete sin condiciones. Desobedece todo lo que te haga dudar de ti. Acepta a las personas como son, porque cambiar a alguien para que encaje en nosotros no nos corresponde. Lo que sí nos corresponde es cambiarnos a nosotros cuando sea para crecer. Eso que llaman evolución.

Y no permitir que la familia, las relaciones o las amistades nos obliguen a interpretar el personaje que no somos. Porque incluso cuando eres el mejor intérprete, incluso cuando haces todo “bien”, a veces ni siquiera así eres bienvenido en la vida de otros.

Por eso hay que ser paciente. Las personas correctas llegan. Las equivocadas se van. Y aunque te pierdas, aprende a volver siempre a ti.

Porque si antes vivías la vida de otros, pero ahora has elegido la tuya, ya has ganado. Y no importa cuántos años sentiste que perdiste: salvaste el resto de tu vida.

Rocío