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Farmeando el Aura

Hoy, mientras almorzaba unas deliciosas hamburguesas caseras con mis hijos, ocurrió un incidente “trágico”.

No sé cómo ni en qué instante, pero me percaté de que dos gotas de aceite habían caído sobre mi zapato izquierdo de piel.

Tras constatar la tragedia, me levanté de la mesa a limpiar mi calzado con mi poción mágica: Fairy. Es que, como siempre digo: si no desaparece con Fairy, ya solo es trabajo de Dios.

Mis hijos, que saben que no soy de darle demasiada importancia a lo material —aunque esto no quiere decir que no sea cuidadosa con mis cosas—, me vieron limpiando el zapato, jabón y cepillo en mano.

Entonces, el pequeño le preguntó en inglés al mayor:

—Do you think this lowered Mum’s aura?

A lo que el mayor respondió:

—Maybe a little bit.

Yo, que ya había entendido perfectamente por dónde iba la conversación, añadí:

—A mí estos pequeños detalles no me arruinan el día. Si ustedes creen que yo no tengo idea de lo que es farmear el aura, es porque todavía no se han dado cuenta de que soy maestra de esa materia.

Sus caras de sorpresa fueron un poema.

Primero, porque no esperaban que conociera el término. Y segundo, porque aquella mirada decía claramente: “¿Tú eres qué? ¿Maestra? How?”

Al ver sus caras intrigadas, les respondí muy rabínicamente:

—Hijos míos, tengo más de cuarenta años. Conocí el televisor en blanco y negro, la máquina de escribir y ese salto cuántico del lápiz al ordenador. Limpio la casa tres veces a la semana bailando canciones de Wilfrido Vargas, Chayanne, Juan Luis Guerra y Los Ilegales. Vi los inicios de Daddy Yankee y, hasta los dieciocho años, supe entretenerme sin internet.

Bajarme el aura a mí no es cosa fácil. Podríamos decir que, en esa materia, soy casi indestructible.

Las carcajadas estallaron al nombrar a Wilfrido Vargas, porque para ellos, ver y recordar al transformer bailarín en el que se convierte su madre mientras pasa la fregona, haciendo además todas las voces de “El jardinero” —que viene siendo, para los latinos, nuestro particular Bohemian Rhapsody—, es un espectáculo digno de admirar y que no tiene precio.

Cuando terminé de limpiar el zapato, lo puse a secar y, como cierre perfecto para aquella tragedia doméstica, les dije:

—Bueno, si después de fairiar el zapato la gota no sale, ese zapato se perdió.

Volvieron a reírse de mis chorradas ocurrentes.

Y creo que, entre risas, comprendieron mi mensaje: en aquello de farmear el aura, su madre es maestra.

Y, por supuesto, si hubiera un Dios de levantar el ánimo musicalmente hablando, ese sería el Maestro Wilfrido.

Por cierto, tampoco es algo que nuestra generación haya descubierto.

El rey David ya entonaba salmos cantando, porque eso de dirigirse a nuestro Dios con tristeza no parece ser cosa buena.

Y esto último me llama especialmente la atención: qué importante ha sido la alegría para el alma desde tiempos tan antiguos.

La sabiduría estaba escrita hace más de tres mil años.

Así que, si algo podemos hacer por nuestros hijos es enseñarles a levantar el espíritu, a estar contentos con su alma, a ser empáticos, buenos y, por qué no, a bailar.

Que no los critiquéis si se van por la vida farming their aura.

Quizás, después de todo, simplemente estén haciendo algo que el ser humano aprendió hace miles de años: buscar la manera de volver a poner el alma en pie.

Rocío Romero Navarrete